A Sira le ocurría algo que nadie más parecía notar: sus emociones cambiaban el tiempo. No el del móvil ni el del reloj, sino el del cielo.
Cuando se enfadaba, unas nubes oscuras aparecían sobre su cabeza, incluso en los días más soleados. Cuando estaba triste, comenzaba a lloviznar a su alrededor, con pequeñas gotas que solo ella parecía sentir. Y cuando se ponía nerviosa, el viento se levantaba, despeinándole el pelo y revolviendo todo a su paso.
—Qué exagerada eres —le decían a veces.
Pero Sira no exageraba. Simplemente… no sabía cómo detener la tormenta.
Una mañana, todo se torció. Llegó tarde a clase, se olvidó los deberes y, para colmo, una compañera hizo un comentario que le dolió como si fuera una pequeña aguja clavándose en su corazón.
—Claro, como tú nunca te enteras de nada…
Sira notó el cambio al instante. El cielo comenzó a oscurecerse y el aire se volvió pesado.
—No es verdad… —murmuró, aunque su voz salió temblorosa.
Un trueno sonó a lo lejos.
Algunos alumnos miraron por la ventana.
—Qué raro… si hace un momento hacía sol —comentó alguien.
Pero Sira ya no escuchaba.
El viento empezó a soplar a su alrededor. Sus papeles comenzaron a moverse por la mesa y su corazón latía cada vez más rápido.
—Otra vez no… —susurró.
Se levantó y salió del aula sin pedir permiso. Necesitaba alejarse antes de que la tormenta estallara por completo.
Corrió hasta el patio trasero y se refugió bajo un pequeño tejado.
La lluvia empezó a caer. Primero suavemente, como un susurro, y después con más fuerza.
Sira se abrazó a sí misma.
—No puedo controlarlo —dijo entre dientes—. Siempre pasa igual.
Entonces, una voz tranquila habló a su lado.
—No puedes controlar el cielo… pero sí puedes aprender a escucharlo.
Sira se giró. Era el conserje del instituto, un hombre mayor al que apenas había prestado atención antes.
—¿Perdón?
El hombre miró hacia arriba, como si también pudiera ver la tormenta.
—Las tormentas no aparecen de la nada —dijo—. Siempre hay señales antes de que lleguen.
Sira frunció el ceño.
—Yo solo siento que explotan de repente.
—Porque miras cuando ya están encima de ti —respondió él—. ¿Qué ha ocurrido antes de que empezara?
Sira dudó unos segundos.
—Pues… llegar tarde. Olvidarme los deberes. Y lo que ha dicho esa chica.
El hombre asintió.
—Ahí estaban las primeras nubes.
Sira miró el cielo gris.
—Entonces… ¿podría haber hecho algo antes?
—Quizá no evitar la lluvia —dijo él—, pero sí prepararte para ella.
Sira se quedó pensando.
La lluvia seguía cayendo, aunque ya no con tanta fuerza.
—¿Y ahora qué hago?
El hombre sonrió levemente.
—Empieza por no luchar contra la tormenta. Escúchala.
Sira cerró los ojos.
Notó el enfado… sí. Pero también descubrió algo más.
—Me sentí mal —susurró—. Como si no valiera lo suficiente.
Poco a poco, la lluvia empezó a suavizarse.
—Y me dio vergüenza.
El viento perdió fuerza y Sira respiró hondo. Una vez. Y otra vez. Poco a poco, el cielo comenzó a aclararse. No por completo, pero lo suficiente para dejar pasar un pequeño rayo de luz.
Sira abrió los ojos.
—No ha desaparecido… —dijo.
—No hace falta que desaparezca —respondió el hombre—. Solo necesitas aprender a que no te arrastre.
Sira miró sus manos. Ya no temblaban tanto.
—Creo que… puedo volver.
El hombre asintió.
—El cielo cambia. Siempre.
Sira caminó de vuelta al aula y volvió a sentarse en su sitio. Algunos compañeros todavía miraban por la ventana, confundidos.
La tormenta seguía ahí, suave, como una llovizna lejana. Pero, por primera vez, no le daba miedo.
Había entendido algo importante:
Las emociones, igual que el tiempo, no se pueden detener. Pero sí podemos aprender a atravesarlas… sin perdernos dentro de ellas.



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