La magia de los libros

Alba era una niña curiosa con una gran afición por los libros, aunque tenía un problema: empezaba a leer historias, pero nunca las terminaba. Siempre encontraba algo más interesante que hacer, como construir una torre de cojines o intentar enseñarle a su perro, Bigotes, a bailar salsa (sin mucho éxito). Su abuela siempre le decía:

—Un libro sin terminar es como una puerta a medio abrir. Nunca sabrás lo que hay al otro lado.

Un día, mientras curioseaba en la biblioteca de su abuela, encontró un libro polvoriento titulado “Las aventuras de la valiente Señorita Alba”. Lo raro era que ese libro llevaba su nombre. Extrañada, lo abrió y, en cuanto pasó la primera página, sintió un fuerte remolino de viento que la envolvió y, en un abrir y cerrar de ojos, se vio cayendo dentro del libro.

—¡Aaahhh! ¡Esto no estaba en la sinopsis! —gritó mientras aterrizaba sobre un campo de hierba morada.

Se levantó y miró a su alrededor. Todo era diferente: los árboles tenían hojas en forma de estrellas, las nubes eran de algodón de azúcar y un conejo con gafas de aviador y bufanda roja lo miraba fijamente.

—¡Ah, por fin llegaste! —dijo el conejo ajustándose las gafas—. ¡Tienes que salvar el Reino de las Páginas Perdidas!

Alba parpadeó.

—¿Perdón? ¿Qué reino?

El conejo sacó un pergamino y lo desenrolló con dramatismo.

—El malvado Conde Olvido ha robado la tinta mágica de los libros y las historias están desapareciendo. Si no lo detienes, todo el mundo de los libros quedará en blanco para siempre.

—¡Oh, no! —exclamó Alba—. Eso suena… ¿peligroso? ¿Heroico?

—Suena como la trama de un buen libro, ¡pero hay que escribir el final! —dijo el conejo.

Sin saber cómo, Alba terminó subida a lomos de un unicornio con manchas de vaca y galopando hacia el castillo del Conde Olvido. Mientras cabalgaban, pasaron por un bosque de libros abiertos, donde las hojas susurraban historias y los lomos de los tomos brillaban con luz propia.

—Recuerda, Señorita Alba —dijo el conejo—, la única forma de vencer al Conde es usando el poder de las historias.

Cuando llegaron, encontraron un enorme portón con un cartel que decía: “Para entrar, responde esta pregunta: ¿Por qué los libros son mágicos?”

Alba pensó y respondió:

—Porque te llevan a otros mundos sin moverte del sitio.

El portón se abrió con un crujido. Dentro, el Conde Olvido, un hombre con bigote puntiagudo y capa de tinta negra, los esperaba sentado en un trono hecho de libros desordenados.

—¡Ja! ¡Has llegado tarde, niña! ¡Ya he robado casi toda la tinta de las historias!

Alba vio que en su mano el conde sujetaba un frasco brillante.

—¡Devuelve la tinta mágica!

—¿Y qué harás si no quiero? —se burló el conde.

Alba recordó algo que su abuela siempre decía: “Las historias solo desaparecen si dejas de leerlas”. Entonces, con voz firme, comenzó a narrar:

—”El Conde Olvido intentó escapar, pero se tropezó con su propia capa y cayó al suelo…”

¡Y, como por arte de magia, el conde tropezó y el frasco salió volando por los aires!

—¡Oye! ¡Eso es trampa! —gritó el conde mientras intentaba levantarse.

Alba siguió narrando:

—”Entonces, el frasco cayó en manos de la valiente Alba, quien lo abrió y restauró la tinta mágica en los libros”.

Y así fue. La tinta flotó en el aire y volvió a llenar las páginas en blanco. El mundo de los libros estaba a salvo. Pero el Conde Olvido no se rindió tan fácilmente. Se levantó furioso, chasqueó los dedos y un ejército de letras caídas empezó a revolotear alrededor de Alba.

—¡Si no puedo robar las historias, haré que nadie las entienda! —exclamó el Conde.

Las letras intentaban desordenarse en el aire, formando frases sin sentido. Pero Alba no se dejó intimidar. Inspiró profundamente y gritó:

—”Las palabras vuelven a su sitio, la historia sigue su curso”.

Con esas palabras, las letras se reacomodaron y el castillo empezó a temblar. Las paredes se convirtieron en hojas de papel y todo el lugar comenzó a deshacerse como si alguien estuviera pasando la última página del libro. El Conde Olvido gritó y desapareció en una nube de tinta.

El conejo de gafas de aviador aplaudió.

—¡Lo lograste! ¡Eres una heroína literaria!

Un fuerte remolino de viento volvió a envolver a Alba y, de repente, estaba de nuevo en la biblioteca de su abuela, con el libro en sus manos.

Miró la última página. Ahí estaba escrito: “Y así, la Señorita Alba aprendió que las historias solo terminan cuando uno decide dejarlas”.

Desde entonces, Alba no volvió a dejar un libro sin terminar. Y cada vez que leía, lo hacía con una sonrisa, porque sabía que en cada historia había un mundo esperando ser salvado… o vivido.

 

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